Portugal | Días 4 & 5 – Lisboa: Días Lluviosos en el Camino

Hay ciudades que duelen; en las que el recuerdo de las sensaciones que viviste te apaga incluso después de terminar el viaje. Para mí, Lisboa fue una de esas. Si Porto había sido un subidón constante de dopamina, en Lisboa me faltó algo.

Si había algo que me había hecho dudar durante la planificación del viaje era tener todas las noches reservadas con antelación o no, ya que eso me privaría de cierta “libertad” a la hora de explorar. Al ser mi primer viaje en solitario me decidí por despejar incóginitas y las reservé. Craso error. 

A pesar de tener ganas de conocer Lisboa, Porto me hizo sentir libre y agusto. Al poco de llegar ya me sentía completamente integrada en la ciudad, como si fuera mía. Conecté. No quería irme de Porto y me hubiera quedado más tiempo… de no haber tenido las noches de hotel reservadas y pagadas. No es difícil imaginar pues que cuando llegué a Lisboa en aquel tren tuve una mezcla de sentimientos.

A la mañana siguiente empezó disfrutando de un delicioso desayuno pero empeoró a medida que avanzó el día. La lluvia estuvo presente gran parte del día, impidiéndome explorar la ciudad y haciendo más profundas mis emociones y pensamientos. Me di cuenta de que, por primera vez después de mi gran viaje por el sudeste asiático, sólo iba a estar de viaje durante cinco días. Cinco días en los que te puede llover o puedes estar cansada, pero cinco días. No existe tiempo para vivir de viaje y ahí llegué a la conclusión de que eso era lo que me faltaba. Tiempo para vivir viajando.

Esta revelación fue reconfortante y debastadora al mismo tiempo. Reconfortante porque por fin me di cuenta de qué quería hacer con mi vida, pero debastadora al ser consciente de que no podría volver hacerlo (almenos no en un largo tiempo).

Al final del día, después de mucho pensar y trabajar un poco en mis cosas, mi amigo Andreas (un chico alemán viajando por Europa que conocí en el hostal) y yo decidimos aprovechar que la lluvia nos daba una tregua y salir a descubrir la ciudad.

Paseamos durante más de una hora, desde nuestro hostel (en la zona de Marquês De Pombal) hasta señorial la Plaza del Comercio. Por el camino nos encontramos con el Arco Da Rua Augusta y vimos a los turistas subir en el Elevador de Santa Justa.

Desde la plaza continuamos hasta cerca del restaurante K Urban Beach, en dirección al Puente 25 de Abril, y después deshicimos el camino. La sensación sobre aquel día perdido mejoraron tras aquel paseo, ya que al fin había conseguido salir del hostal. Cuando volvimos y cenamos sólo pude irme a la cama deseando que el tiempo mejorara al día siguiente.

Mi segundo y último día en Lisboa empezó mucho más soleado que el primero y tuve la sensación de que sería un día genial para explorar la ciudad en solitario, así que decidí hacerlo así.

Aunque me no me puede gustar más conocer las ciudades andando, decidí coger el metro para ahorrarme algo de tiempo e ir de mi hostal hasta la Praça do Comércio, donde había estado la noche anterior.

De día y con sus pórticos, la plaza me gustó aún más y me recordó a la Plaza Mayor de Madrid. Su elegancia y sus edificios cubiertos de ese tono amarillo precioso hicieron que se convirtiera en uno de mis lugares favoritos de la ciudad.

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Desde allí me acerqué caminando hasta la catedral de la ciudad. Su arquitectura, interior y exterior, es interesante aunque lo mejor es su ubicación, rodeada de callejuelas estrechas y recubiertas de bonitos azulejos. Desde la catedral obtuve la impresión de Lisboa que había andado buscando y que había conseguido en Porto, su belleza natural y sin filtros.

Después de esta parada en el camino, continué hasta la zona del Castillo de San Jorge. Aunque decidí no entrar al castillo, porque encontré la entrada bastante cara y poque me hubiera ocupado mucho más tiempo del que tenía disponible. Aun así, las callejuelas que rodean al castillo son muy pintorescas y se puede pasear relajadamente por ellas, lejos de la multitud de turistas.

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Seguí mi camino hasta encontrar la calle Santa Luzia, donde me topé con el Miradouro de Santa Luzia cuando iba camino de Largo Postas do Sol para luego perderme por el barrio de Alfama.

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Hacia la hora de comer la lluvia volvió y, como no sabía si volvía para quedarse, decidí acercarme de nuevo a mi hostel para aprovechar y hacerme la comida mientras el tiempo no mejoraba.

Justo antes del atardecer dejó de llover así que me dirigí a la zona de Chiado, donde aún no había estado y subí hasta el famoso Mirador de São Pedro de Alcântara, donde disfruté de las vistas de la puesta de sol con la ciudad a mis pies y las vistas del Castillo de San Jorge en el horizonte.

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Antes de que anocheciera totalmente me dediqué a perderme por las calles, llegando a algunas iglesias bastante destacables como: la Igreja de São Roque,  la Igreja Da Nossa Senhora Encarnação o la Igreja do Loreto (éstas dos últimas bastante cerca de la Plaza de Luis Camões).

Aprovechando los últimos rayos de sol me dirigí, a toda prisa, al Miradouro de Santa Caterina. Las vistas desde el lugar eran espectaculares, pero el ambiente no acompañaba (almenos no para mi gusto). El mirador estaba lleno de gente, el ruido de la gente hablando, chillando y escuchando música no te dejaba contemplar las vistas en paz y el olor a marihuana echaba para atrás. Quizá en otro momento del día hubiera sido mejor, pero no pude comprobarlo.

INFO ÚTIL:

Podéis ver una lista completa de los Miradouros de Lisboa en este enlace.

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Portugal | Día 3 – De Porto A Lisboa: Todo Viaje Empieza Con Un Adiós

Mi último día en Porto empezó como cualquier otro día. Me desperté, me vestí y me dirigí a la cocina de mi hostal. Allí me encontré con Inés, mi amiga argentina con la que me fui a explorar Braga el día anterior. A ambas nos tocaba rehacer las mochilas y marcharnos de Porto pronto, así que decidimos repasar todo aquello que queríamos ver antes de irnos.

Pusimos rumbo a la Igreja  y la Torre dos Clérigossímbolo de la ciudad de Porto, y de camino nos topamos intencionadamente con la Capella Das Almas, una estrecha pero preciosa capilla que tenía en mi bucket list. No defraudó. Recubierta de bellos azulejos azules llenos de historias, la Capilla de las Almas es una de las iglesias más pintorecas de Porto.

 

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Deambulamos por la ciudad un rato más hasta llegar a nuestro objetivo donde, aún con la neblina y la humedad del Duero en las primeras horas del día, disfrutamos de las mejores vistas de Porto.

INFO ÚTIL:

Para acceder a la torre es necesario pagar una entrada de 4€. Con la entrada también se adquiere el derecho a visitar las exposiciones que hay en el interior del edificio. La iglesia también es bonita, aunque nada del otro mundo.

Aprovechamos nuestra visita a la zona para acercarnos en la famosísima Librería Lello e Irmão. Su fachada, hecha mosáico, la distingue del resto y su interior es de ensueño. No es de extrañar pues que Lonely Planet la clasifique como una de las librerías más bonitas del mundo o que J.K. Rowling se inspirara en sus escaleras y su interior al diseñar el mundo mágico de Hogwarts.

INFO ÚTIL:

El acceso a la librería es de pago, aunque el importe se retorna a aquellas personas que compren un libro (la mayoría estan en portugués, pero también se pueden encontrar en inglés y en español). El coste de la entrada son 4€ y la entradas se adquiere en la tienda de la esquina con la calle Rua do Dr. Ferreira da Silva.

Después de enamorarnos perdidamente de la librería y aún más de Porto llegó la hora de despedirnos, aunque no sin antes acercarnos a São Bento de nuevo y comprar mi billete de tren a Lisboa.

INFO ÚTIL: 

Existe la posibilidad de reservar los billetes de tren con antelación y a través de la página web. Yo no lo hice porque quería tener cierta libertad a la hora de decidir cuando iba a irme, por lo que los billetes me salieron 30,30€ (algo más caros que comprados con antelación). El tren a Lisboa no puede cogerse en São Bento, por lo que la estación de Campanhã es una buena alternativa.

Con mis billetes comprados y a punto de despedirnos, nos topamos con dos chicos de Porto Canal, que nos preguntaron por la ciudad y nos pidieron que votáramos públicamente por Porto en el concurso de Mejor Destino Europeo de 2017 y… ¿cómo negarnos si la ciudad nos había enamorado?

Después de demorarlo tanto como pudimos, nos despedimos. Yo me fui de vuelta al hostal, donde tenía que recoger la mochila. De camino paré durante unos minutos, en los que aproveché para contemplar la bonita fachada de la Igreja de Santo Ildefonso y así despedirme de Porto.

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El trayecto hasta Lisboa se hizo corto y es que caí completamente rendida después de perder de vista la bonita postal del mar y la playa desde el tren. Poco antes de llegar a la estación de tren de Santa Apolónia, en Lisboa, desperté de mi sueño y decidí que quedarme despierta era la mejor opción.

En cuanto llegué busqué rápidamente por el metro, que me acercaría a mi hostal. Una vez allí decidí que estaba demasiado cansada para explorar la ciudad esa misma noche, así que me limité a pasear por las calles cercanas, desde la plaza Marqués Du Pombal hasta el Monumento dos Restauradores.

Portugal | Día 2 – Braga: Donde la Magia Continúa

Mi escapada a Braga fue totalmente espontánea, ya que ni siquiera había contemplado la idea con anterioridad. La casualidad surgió durante mi primera noche en el hostal mientras hablaba con Eva, una chica canadiense muy simpática, y apareció mi ahora amiga Inés, una chica de Argentina, que casualmente iba a ir a Braga y decidió invitarme a ir con ella.

Me pareció una idea genial así que al día siguiente, a las 9 de la mañana, quedamos para desayunar. Al terminar, cogimos nuestras cosas y nos pusimos a caminar hacía la Estación de São Bento, una de las estaciones más bonitas he visto en mi vida y en la que podría recrearse un rencuentro de novela entre dos enamorados.

Decorada con unos  detalladísimos azulejos (más de 20.000), las paredes de la estación relatan hechos históricos y cotidianos de Portugal así como ilustraciones relacionadas con el transporte.

El viaje hasta Braga fue entretenido. Hablamos sobre nuestras vidas y sobre cómo resultaba haber tantos argentinos/as en Barcelona, mi ciudad, mientras veíamos los paisajes pasar a través de la ventana. Sólo una hora y veinte minutos después estábamos en Braga, donde caminamos 10 minutos para llegar hasta la catedral.

Su apariencia, bastante parecida a la fachada frontal de la Sé do Porto, no destaca en exceso, a pesar de ser considerarse uno de los edificios del Románico Portugués más importantes del país.

Habiendo conocido el exterior de la catedral y sin mucha curiosidad por conocer su interior, nos decidimos a descubrir el casco histórico de la ciudad y así terminamos en Largo de Carlos Amarante, donde nos topamos con la Iglesia de Santa Cruz. De allí retomamos la Calle de San Marcos y caminamos hasta el Jardín de la Avenida Central, donde aprovechamos para documentarnos sobre la ciudad y sobre cómo llegar hasta la famosa iglesia de Bom Jesus do Monte en el Punto de Información Turística.

Cuando retomamos nuestra visita decidimos acercarnos al arco neo-clásico de Porta Nova, la cuidada Igreja do Pópulo y el Convento dos Congregados; también aprovechamos para sumergirnos (un poco más) en el centro y en la vida de Braga. Al llegar a la curiosa iglesia de Nossa Senhora-a-Branca decidimos que era hora de comer, así que decidimos buscar un sitio donde descansar y disfrutar de la comida portuguesa.

Con una de las mejores comidas que hice en Portugal (y la más barata) en el estómago, nos acercamos a la parada de autobús, donde tomamos uno de la línea dos con dirección a Bom Jesus do Monte.

Cuando el autobús se detuvo en la entrada a la iglesia, ambas nos fascinamos por la naturaleza que rodeaba el camino de acceso. Decidimos llegar hasta esta excéntrica iglesia andando y descubriéndola desde abajo, donde se obtienen las imágenes más características de este lugar, y la verdad es que resultó ser todo un acierto.

Las iglesia vista desde arriba, una luz perfecta y la postal de Braga a nuestros pies durante el atardecer me sometieron a una especie de “trance” en la que no podía dejar de disparar mi cámara, apartar la mirada del objetivo para seguir sorprendiéndome y sentirme agradecida por poder disfrutar de ese momento.

Definitivamente, Bom Jesus do Monte no deja a nadie indiferente y, a pesar de que su aspecto vívido e intenso pueda parecer “demasiado”, es uno de los lugares más bonitos que conocí en Portugal.

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Portugal | Día 1 – Porto: Mi Colorido Paraíso

– Porto, mi ciudad querida. ¿Qué puedo decir de ti? Creo que siempre serás un atesorado recuerdo… ❤

Porto fue mi primera parada en Portugal y la primera ciudad a la que viajé viajando sola; los nervios y los miedos, que arrastré durante toda la semana previa, se desvanecieron en cuanto el avión tocó tierra y me inundó la profunda sensación de que todo iría bien.

Al salir de la estación de metro 24 de Agosto, mis vista quedó totalmente cautivada por los edificios que me rodeaban. Todos ellos parecían un recuerdo al paso del tiempo; con sus fachadas oscurecidas y algunos cristales rotos, pero con su personalidad intacta.

En cuanto mis sentidos se recuperaron del noqueo visual, cogí la Rua do Bonfim y caminé hasta mi hostal, donde dejé mi mochila para irme a explorar. Me puse a deambular hacia la elegante catedral de Porto, pero sin ningún rumbo fijo. De camino me encontré con una postal de tejas rojas y edificios decorados que me llevó, por un instante, a mi querida Italia.

En ese momento y con esas vistas, haber decido descubrir la ciudad sola me pareció una de las mejores elecciones de mi vida. Me sentía genial en mi propia piel. Libre de ir y hacer lo que quisiera, sin miedo ni necesidad de dar explicaciones o escuchar segundas opiniones. Completa y absolutamente libre.

Continué mi camino hasta el interior de la catedral, aunque lo mejor se escondía en el interior del claustro. En cuanto puse un pie en su interior quedé totalmente fascinada por azulejos y por su arquitectura, que me hizo sentir como Hermione Granger paseando por Hogwarts.

Tras visitar la catedral decidí perderme por vecindario de Ribeira. El sinfín de callecitas, a cada cual más bonita, me dejó boquiabierta y es que nunca antes el color ocre me pareció tan bonito como entonces. Disfrutar de la soledad en estas calles fue una gozada y uno de mis mejores recuerdos de la ciudad (aunque, por suerte, no son pocos). Ribeira, su esencia y sus gemas arquitectónicas me dejaron completamente hechizada.

En mi particular “misión” de descubrir Porto llegué a la orilla del río Duero. Con unas vistas perfectas de Vila Nova de Gaia, la ciudad vecina al otro lado de la orilla, y del puente de Dom Louis I, este rincón de Porto parece una de esas imágenes de los libros de historia donde el blanco y negro han conseguido parar el tiempo.

Me deleité con un paseo y, para cuando me había dado cuenta, había llegado a la Iglesia de San Francisco y de allí al Miradouro da Vitória, un lugar poco concurrido y que ofrece una de las mejores vistas de la ciudad.

Cuando llegó el mediodía decidí que la primera toma de contacto con la ciudad había sido suficiente y volví al hostal, donde aún tenía que hacer el check-in. Tuve la suerte de quedarme en un edificio antiguo y de techos altos que resultó encantarme.

Una vez terminé todo lo que tenía pendiente, dejé mis cosas (esta vez ya en mi taquilla) y me fui en busca de un lugar donde comer. Conseguí encontrar un restaurante muy cerca de mi parada de metro, 24 de Agosto, donde pude comer pescado frito con ensalada, patatas fritas y arroz, pan, bebida y café por ¡sólo 5€!.

Después volví a por mi cámara y me dirigí a toda prisa hacia la orilla del Duero para poder disfrutar de la puesta de sol. Empecé, por error, en el Puente del Infante y resultó ser “un error” genial.

Diría que pasé más de una hora recorriendo los puentes de la zona de Ribeira, bajando hasta la orilla de nuevo y cruzando a Vila Nova de Gaia mientras trataba de atrapar la belleza de esa tarde. Definitivamente, una de las mejores cosas que hice en todo el viaje.

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